Es enormemente difícil descubrir qué ocurre cuando una
persona redacta un texto escrito. Se han creado muy pocas técnicas
experimentales satisfactorias. La observación directa del producto manuscrito
proporciona una información muy limitada, porque el orden en que se han hecho
las revisiones no queda registrado. La observación directa de una persona que
está ocupada en la tarea de escribir no nos dice mucho sobre lo que está
sucediendo «bajo la superficie». Y la introspección no sirve de mucho, ya que
cuando pensamos en nuestra actividad escritora destruimos su naturalidad. En
cualquier caso, una persona que escribe con fluidez no se da cuenta de lo que
hace cuando toma lápiz y papel.
Por lo tanto, de lo que ocurre en el proceso de la escritura
sólo se puede dar la más general de las explicaciones. En los modelos de este
proceso se reconocen por lo menos tres factores.
Tiene que haber una
fase de planificación, en que se organizan los pensamientos, y se prepara un
esbozo léxico/gramatical. Esto comporta que los escritores elaboren lo que los
lectores necesitan saber, para que puedan entender el mensaje. En particular,
tienen que prever el efecto que van a tener sus palabras.
Quien escribe tiene que conocer las convenciones lingüísticas
y sociales que al uso del lenguaje escrito. Esto incluye una serie de
consideraciones generales, como la necesidad de tener una letra legible, de
quedarse dentro de los límites de un sólo sistema de escritura, y seguir las
convenciones normales de expresión gráfica (como la de escribir en la dirección
esperada), a la vez que el requisito específico de seguir las reglas de
ortografía y puntuación.
Quien escribe tiene que elegir un medio de expresión
especifico, como escribir a mano, a máquina, o con un procesador de textos, y esto
requiere tomar en cuenta el control de la motricidad. Intervienen varios
factores, como la coordinación mano-ojo, el agarre o la posición de la mano, la
posición del cuerpo, etc. Muchas personas escriben a mano muy lentamente, o tiene dificultades para agarrar un
instrumento o manejar una máquina (especialmente notables en el caso de
minusvalías físicas). La consecuencia no es sólo que se tarda más en escribir
el mensaje: la atención y la memoria podrían estar tan concentradas en
controlar la actividad motriz que el contenido y la estructura lingüística
podrían verse afectados. Las personas pueden olvidarse de los que querían
escribir, incluso después de haber empezado a escribirlo.
En cualquier caso, estos tres factores no dan cuenta de todo.
Por ejemplo, no explican el hecho de que una gran parte de la redacción escrita
consiste en reescribir. Todo modelo tiene que tener en cuenta el acto de la
revisión, desde las primeras etapas de tomar notas y apuntes y hacer secciones,
a través de varios bocetos, hasta la versión final. Se trata de un campo de
investigación prometedor: las autocorrecciones y los errores que se introducen
cuando se redacta en lengua escrita. ¿Cómo se aseguran los escritores de que su
trabajo sea inteligible, legible y lúcido? ¿Cómo detectan que hay problemas en
estos aspectos? ¿Cómo identifican los problemas? ¿Cómo los corrigen? ¿Son
apropiadas las correcciones? Muchas preguntas como éstas esperan respuesta.
Un modelo de la redacción escrita también tiene que responder
del hecho de que lo que las personas ven cuando escriben puede afectar a lo que
piensan. «Ahora que lo he escrito ya no me gusta», «No es lo que estoy tratando
de decir». El significado no siempre existe antes que la escritura: a veces el
proceso funciona al revés. Un comentario característico es el de Edward Albee:
«Escribo para descubrir en qué estoy pensando». Tales observaciones subrayan
cuál es la principal lección que hay que aprender del estudio del proceso de
escribir: no se trata de un mero trabajo mecánico, una simple cuestión de poner
el habla sobre el papel. Es una exploración del potencial gráfico de una
lengua, un proceso creativo, un acto de descubrimiento.
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